jueves, 15 de septiembre de 2016

Años tan sentidos…



"Anochecía. Parpadeaban las primeras estrellas mientras yo continuaba allí sentado, esperando que ocurriera lo que tanto tiempo había deseado.
Se levantó una brisa agradable y fresca..." que traía algo de alivio a los cuerpos sofocados tras el tórrido día. Los veranos en la ciudad me producen un doble sentimiento: disfruto de su ritmo, de las horas largas, del aroma a calor; pero las altas marcas me absorben la energía que resurge cuando febo ya ocultó sus ardientes rayos.

Aquella cita, arreglada año tras año, era una promesa mutua para evitar el olvido. Yo la esperaba ansioso y conmovido. Ella llegó desde el puerto. Su vestido coral acompañaba sus pasos medidos. Al acercarse, vi su mirada amplia, clara, franca y sentí un frío que me recorría. Nada había cambiado en ella. Los años que habíamos pasado juntos seguían ahí, en sus pupilas. Se acercó, cerró sus ojos, me besó en la mejilla y se sentó a mi lado. Permanecimos en silencio por un rato.

El color nocturno traía soledad al paisaje y el ruido del tráfico menguaba. Tomé su mano, la sentí tibia y suave. No me miró.

-¿Por qué viniste? -preguntó con voz serena.
-Para verte,-contesté rápidamente-como cada 31 de diciembre.
-Pero ¿por qué?-insistió ella.
-¿Por qué?-pregunté sin entender. Hice una pausa para pensar qué debía decir-Porque habíamos quedado.
-Podrías haber faltado-agregó ella.

¿Podría haber faltado? Si cada 31 de diciembre, desde hace diez años, solo pienso en ese encuentro. Antes de contestar, mi mente se llenó de melodías, colores, olores, sabores. Todo lo había sentido a su lado. La vida, en todos sus aspectos, la había entendido con ella. Yo continuaba allí sentado, tratando de comprender.

-No podría hacerte eso-dije, molesto.
-Yo sí-me contestó.
-¿Y vos? ¿Por qué viniste?-la interpelé.
-Porque… te podía lastimar si no lo hacía-Lacónica y sincera, como siempre.
-Bueno, hubiera sido mejor-reflexioné en voz alta.

La brisa de antes era ya un viento incómodo. El cuarto creciente se cubrió rápido y en el horizonte, los primeros rayos se dejaron ver. Me puse de pie y sin decir nada, empecé a caminar. Tenía tiempo antes del aguacero.

Las calles estaban casi desiertas y las luces de las casas, encendidas. Dentro de ellas la gente festejaba el último día de un año más. Una hora tardé en llegar a la puerta. Las primeras gotas caían. Melodía, color, olor, sabor. Quebrada, negra, azufre, agria.


Nada, ni siquiera la costumbre de encontrarnos en ese banco cada fin de año para reafirmar nuestro amor, cambiaría las cosas. Ya nada podía remediar la ruptura. Cargué un bolso al baúl, subí al auto, arranqué y vi que doblaba la esquina. Todavía creo que evitó llegar antes para no cruzarnos. Desde ese día, la vida olvidó su melodía, perdió su color, cambio de olor y tuvo muy mal gusto.