lunes, 11 de julio de 2016

Los viajes en avión




Los viajes en avión han marcado toda mi vida. Desde pequeña los aviones, la mecánica y todo lo relacionado a la aeronáutica rodearon mi vida de una manera determinante. En primer lugar como hija de un empleado de línea aérea, más tarde como asalariada y actualmente, como esposa de un aeronáutico. Los empleados de las empresas aerocomerciales y sus grupos familiares, cuentan con el beneficio de viajar a los lugares a los que llega la empresa, siempre bajo la modalidad de “sujeto a espacio”. Si hay lugar suficiente, viajan y si no esperan el próximo vuelo.
Mi primer viaje en avión lo hice a los 5 o 6 años, junto con mi familia. Mi papá, como técnico de vuelo de la empresa, Mi mamá, mi hermana Marcela y yo, como su grupo familiar. El destino fue Los Angeles, California. Íbamos a visitar a un matrimonio argentino muy cercano, que hacía ya varios años se había establecido allá, y que tenía hijas de nuestras mismas edades. Nunca había sentido tanto miedo y angustia como ese día en que subí la escalerita hacia lo desconocido, de la mano de mi mamá. Mientras Marcela saltaba de alegría y sonreía ante cada novedad, yo trataba de olvidar que pasaría 10 horas dentro de un tubo, sostenido –para mí- sólo por el aire, lleno de gente desconocida y tripulantes entre los que estaba mi papá y quien nos traía –cuando su tarea se lo permitía- frutas de una dulzura que nunca más volví a encontrar. Afortunadamente, llegamos a nuestro lugar de vacaciones a salvo y faltaban soleados veinte días para atravesar la misma zozobra en el  regreso a casa. Siguieron varias travesías más y en todas, yo ensayaba estrategias para pasarlas lo más inconscientemente posible. A mis once años, el destino se llevó algunos de estos miedos y algo más.  Mi papá falleció y con él se fueron todos mis temores aéreos, referidos a las alturas, turbulencias, sonidos y demás circunstancias.   

Algunos años más tarde, cuando conseguí trabajo en la misma empresa en la que él había trabajado, mi espíritu curioso y joven me hizo cambiar de óptica y, a pesar de seguir temiendo a las mismas “amenazas”, aproveché la posibilidad de viajar por mi país de una manera que no hubiera tenido de no haber estado allí. Ante la inminencia de cada nuevo vuelo me armaba una especie de amuleto mental, con el que lograba alcanzar los objetivos deseados. Cuando estaba ya sentada en mi butaca, en el momento en el que la aeronave comenzaba a carretear por la pista, le pedía a él, que ya no estaba, que nos cuidara. Cierto o no, para mí era un “seguro de viaje”. Así logré conocer muchos lugares, disfrutar de la compañía de mi mamá, saborear los platos típicos, cantar el folklore de cada rincón y recorrer los paisajes más sorprendentes. 

Por supuesto que hubo momentos de temor real en mi relación con estos viajes, pero la ignorancia o –creo yo- el amuleto, me protegieron de reaccionar de maneras desconocidas por mí, hasta el momento. En una oportunidad, volviendo de la ciudad de Córdoba en un día extremadamente  lluvioso, el comandante habló a los pasajeros y nos explicó que, a pesar de estar cerrado el aeropuerto, iba a intentar aterrizar porque de lo contrario, debíamos volver a Córdoba. Yo estaba sentada del lado de la ventanilla y comencé a visualizar las cercanías del aeropuerto muy poco tiempo después de abandonar la gruesa capa de nubes en la que veníamos metidos. La pista estaba AHÍ NOMAS. “¿Sabía el piloto lo que estaba haciendo?” Me preguntaba yo. Pocos segundos más tarde comencé a ver muy cerca el asfalto, el pasto y el paredón que delimita el aeroparque, terminal urbano de Buenos Aires, de la autopista. Lo que no sentía era el toque de las ruedas sobre la pista; y aunque la velocidad no disminuía, el paisaje me traía imágenes de los hangares que, según yo recordaba, se encontraban al finalizar la cinta gris donde debíamos aterrizar. A esa altura ya deberíamos haberlo hecho, sin embargo no…Finalmente la aeronave posó y comenzó a tratar de frenar. Todo pasó tan rápido que no me dio tiempo de tomar conciencia que ese podía ser mi último día. Cuando nos detuvimos, desde arriba, veía el ala enroscada en el barro de los costados, una huella gigante y muchas luces de vehículos de asistencia, ambulancias, bomberos, etc…

Mi carrera como empleada aeronáutica duró dieciocho años, pasé por empresas nacionales e internacionales, me capacite en mi país y también afuera. Conocí desde el Boeing 707 hasta el triple siete (777), pasando por las versiones anteriores: 747,757 y 767. Tantas horas de vuelo acumulé que hasta tenía un avión elegido como mi favorito, porque era el más silencioso. Dentro de ese mundo lleno de glamour y mística, viví el cambio de fumador a no-fumador, viajé en las tres clases que se podía (turista, business y primera), me quedé varada varias veces, aprendí a manejarme en aeropuertos, subtes, trenes, ciudades, pueblos, culturas y gastronomías del primer mundo, del segundo y del tercero. Viví muchos de los mejores momentos de mi vida.



Mientras todavía formaba parte de este mundillo, conocí a mi actual esposo, quien también pertenecía al ambiente. Como técnico aeronáutico trabajaba como mecánico y además, igual que mi papa, era piloto. La relación se fue afianzando hasta que él fue trasladado a Ecuador. La decisión no fue difícil: renuncié a todo aquello que tenía de un lado del mostrador y lo acompañé. En ese momento pasé, por un tiempo, del otro lado y los viajes en avión pasaron a ser la forma de volver a ver a la familia, los amigos. Ya no importaba el temor que me producía carretear sino llegar a mi ciudad, no a otra. Además había agregado la parte racional al amuleto, ante cada “ruidito sospechoso” que escuchaba miraba la cara de mi esposo. Si para él estaba todo bien, para mí también.
Hoy en día los viajes en avión son mucho más esporádicos. Sólo ocurren una vez por año, si se puede. Lo más normal es que sea cada dos. En cada oportunidad, me dedico a observar a los pasajeros y las costumbres. Creo que lejos de los atractivos y la elegancia que se podían apreciar antiguamente, los tiempos modernos han convertido este tipo de traslado en algo muy parecido a un colectivo donde no importa mucho la calidad de la comida, ni la limpieza de la cabina ni el costo del pasaje sino la seguridad en vuelo. Mi amuleto sigue operando…         

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