martes, 24 de mayo de 2016

"Doce cascabeles..."



La tía Magdalena nos llevó a todos los primos, del mayor al menor. Primero yo, después Rebeca. Nos puso en fila al pie del cajón. De a uno nos fue levantando por debajo de los brazos. Era temprano en la mañana. El sol apenas se asomaba. Le teníamos que dar un beso a la abuelita. Yo no la veía muy triste a la tía; pero no entendía por qué era tan importante lo del beso.
Su piel estaba fría, reseca, gris. Sus manos delgadas, huesudas, transparentes de tanto lavar ropa y fregar toda su vida, arrugadas. Llevaba puesta la misma ropa que el día anterior. Color clarito. Aunque todas las demás mujeres usaban siempre negro, porque había un luto que cumplir, la abuelita nunca lo usó. Su gesto transmitía paz, una sonrisa débil cruzaba su cara, casi imperceptible, podía estar así como mirándonos a todos para siempre.  Gracias parecía que decía.
No entendía por qué teníamos que dejar de jugar. Yo estaba con mi prima, Rebeca, en la casa de mi abuela, como hacíamos siempre. Ella si podía estar con todos los primos juntos y para todos había comida y risas. Era muy mandona pero nos trataba como a nietos. No como mi mamá que nos trataba como sirvientes: “encendé el brasero”, “ordeñá la vaca y trae la leche”, “cuida a tu hermano”. Me acuerdo un día que por mentir me hizo dormir en el patio.
Ese día nos quedamos a almorzar. Mi abuela había hecho puchero. Éramos 10 ó 12. Después la acompañamos a la despensa a buscar más provisiones, le ayudamos a lavar los platos, nos fuimos a dormir la siesta. A eso de las tres -como hacíamos siempre- nos escapamos algunos por la ventana para ir a robarle fruta al vecino. Salimos por la ventana. Sabíamos que la abuela dormía y no nos escuchaba. Volvimos rápido, antes que se despertara. Después nos pusimos a jugar y cerca de las 6 nos pidió que fuéramos a lo de la abuelita, en realidad era la bisabuela, su mamá
-Hijas, vayan y se quedan con ella, a cenar y a dormir. A la mañana vuelven. Rápido que se hace de noche. Ala, ala….a correr
Rebeca y yo queríamos seguir jugando. Si no es acá es allá. Salimos saltando y cantando. El viento del atardecer nos agitaba nuestros vestidos de verano, de un lado a otro. Las trenzas largas al aire. La casa de la bisabuela era pequeña. Apenas se veía tras los pastizales que teníamos que cruzar para llegar. El trayecto que nos separaba de la casa era dos veces la canción que nos gustaba ir cantando “doce cascabeles lleva mi caballo por la carretera, y un par de claveles al pelo prendío lleva mi morena”.  Un salto, una corrida, una caída.
-Levantate Yola, apura, que la abuelita nos espera.
-Pará Rebe que me sacudo la falda.

Y vuelta a empezar: “doce cascabeles lleva mi……” a la mitad un descanso y a seguir sin parar hasta la entrada. No sé porqué vivían tan lejos madre e hija siendo la bisabuela tan mayor, o porque no vivían juntas. La abuela vivía solita también. El tío Julio, hermano de mi abuela, se había ido a vivir al monte, del otro lado, con su mujer, la india. Casi nunca venía a verlas.
-Hola hijas ¿Cómo están? Las estaba esperando para la cena. Las primeras estrellas ya se veían:
-Yo vi las tres marías.
-Ah, no vale, esas son mías….mira los siete cabritillos…¿donde está la cruz del sur abuelita?

La abuelita entró, fue al fogón donde tenía el caldero con el guiso, lo revolvió otra vez y se sentó a la mesa. Nosotras seguíamos jugando. Las canicas, no, el veo-veo, mejor adivinanzas.

-¡Ala niñas! ¡A lavarse las manos y a poner la mesa, que esto ya va a estar!
-¡Abu, qué rico estaba! ¿Qué hay de postre?
-Nada les alcanza hijas mías, vean que fruta tengo. Yo las espero mientras van afuera. Hagan pis y vuelven que ya es hora de dormir.

Salimos al patio. La noche ya era oscura. Las miles de estrellas que se pueden ver en el campo y la luna nos ayudaban a ver la casa desde el rinconcito que elegimos para hacer, seguíamos cantando para hacernos compañía. No teníamos tanto sueño todavía. Una vuelta más por el patio y después entramos.

Al volver, ya más tranquilas pero contentas por todas las estrellas que habíamos contado, la abuelita nos esperaba sentada a la mesa. Nos acercamos para contarle pero no nos miró.
-Abuelita ¿A que no sabes cuantas estrellas conté?  Más que la Yola.
-Abuelita ¿Te dormiste?
-Abuelita-. Y la tocamos.
-Se durmió, está muy cansada.
-Vení, juguemos un rato más.
-Abuelita….
Tenía un brazo sobre la mesa, el izquierdo creo. Y la cabeza apoyada sobre la mano. No se movía. Dormía. La quisimos despertar. La movimos, un poco más fuerte, mas, mas.
Nada. ¡Cómo se durmió!
-A ver…pará….no respira.
-“doce cascabeles lleva mi…..” ¿Cómo que no respira?
-Abuelita, ¡¡ABUELITA!!
-Para bruta….movela
-Ayudame….ay! para…se me cae……
Se cayó al piso pero no se despertó la abuelita. Entre mi prima y yo la levantamos y la volvimos a sentar. Era chiquita, flaquita, una pasita de uva parecía.
-pobre la abuelita. Vamos a avisar
-Bueno dale, ¿Cómo era la otra canción? Ah sííí…”la luna se está peinando en los espejos del rio…”.