jueves, 25 de febrero de 2016

El viento de Madryn

Hace 14 años visite Puerto Madryn por primera vez. Fue un viaje hacia el interior, en más de un sentido.
Por un lado, al interior del país. A un lugar único, sorprendentemente bello, de una belleza árida, cruda, inhóspita, dramáticamente patagónica, irreverente, indomable, Los colores y las dimensiones están más allá de las palabras. Mar turquesa que duele, playas interminables, cielo índigo de tan azul, viento fresco, profundísimo, perfume a yodo y azufre,

Por otro lado fue un viaje hacia adentro. El inicio de un viaje hacia mi misma. Soledad, llanto, reflexión, euforia, tristeza, Ver los colores, escuchar los sonidos, todo era como por primera vez. Renacer. Descubrirme a mí misma y mis pensamientos despoblados de testigos, de voces. Decidir a dónde, cuándo, con quién, y también cómo, por qué, para qué. Ir a Madryn no fue solo ir a conocer, fue principalmente ir a conocerme. No volví igual y quizás no haya dejado allí más que recuerdos de un paso breve e imperceptible, en los demás. En mí quedó todo lo que aprendí y pude reconocer. Y el viento. Desde ese entonces, una necesidad primaria, como la sed, el hambre, el frío. Sentir el viento en la cara cada vez que algo me ahoga, me somete, no me permite discernir, elegir. Volver a sentir ese viento, que todo lo arrastra, huellas, nubes, tormentas.

Volví a Madryn dos veces más. Cada una, sumando a alguien más. En el 2004 con él, mi compañero de vida. En el 2012, los tres. El viento ya no era sólo mío. Yo ya no era sólo yo. La mirada cambió.   La búsqueda era otra, era plural.