jueves, 8 de mayo de 2014

Un cuento para niños



                  Momo, el mono reflejado
  Había una vez, un mono chiquito que se llamaba Momo. Vivía en la selva tropical, cerca de la frontera con Brasil. Un lugar donde había muchos monos y todos eran muy amigos. También muchos tigres, leones, loros y tucanes.
  A Momo le gustaba que su grupo de amigos monos fuera muy grande porque lo hacía sentir acompañado; pero a veces se sentía muy igual al resto. Quería diferenciarse en algo, ser, aunque fuera por un rato, no taaan mono. Ser un poco tigre, o un poco loro.
  Cuando se quejaba, su mamá mona siempre lo consolaba y le decía -Momo, nosotros nacimos monos y monos quedaremos. A ver si vas a encontrar un perro que no se rasque las pulgas o un león que no ruja-.
  Pero a Momo no le importaba mucho lo que le decía la mamá, porque él sabía que, de a ratos, él podía llegar a ser distinto.
  Pasaron los meses, los años y Momo se convirtió en un mono grande, peludo, con una cola bieeen laaarga y patas bieeeeen fuertesssss. Aprendió a pasar de rama en rama, de árbol en árbol, de selva en selva y hasta de país en país. Así consiguió recorrer varias selvas cercanas y también lejanas a la suya. Salir a buscar y vivir nuevas aventuras era algo de todos los días para Momo. 
  Una tarde, en una de sus salidas, después de andar un rato moneando por ahí, se detuvo a descansar en una rama muy alta. Desde allí podía ver toda la selva a su alrededor. Todo era igual que siempre; el silbido que produce el viento en las hojas, los distintos tonos de verde de los árboles, el calor sofocante de la tarde, el amarillo intenso del sol. Pero había algo nuevo, algo que no había visto nunca y que lo atrajo muchísimo: una luz muy brillante.
  Le costaba entender; no sabía qué era. Se refregó los ojos. Saltó a la siguiente rama, más alta, para ver mejor. Se acomodó bien para no perder de vista lo que había descubierto. Pero la luz desapareció.
-¿Por qué será?- Se preguntó
Creyó que la había perdido. Se volvió a la rama más baja y la vio. Entendió que a veces brillaba y a veces no. Pero, ¿por qué?
Miró para atrás, hacia el oeste; el sol, amarillo y grandote lo acompañaba. Giró la cabeza hacia la luz y se sintió tranquilo. Seguía ahí.
-El sol lo ilumina y brilla-pensó.
 Ahora sólo tenía que llegar ahí para verlo de cerca.
Volvió a avanzar de rama en rama con la luz como guía. Cuando el árbol del que saltaba era alto veía la luz. Si era más bajo, la perdía. Entonces se dijo:
-Mientras más alto sea el árbol, mejor-
A medida que se acercaba, la luz empezó a agrandarse. Ya no era sólo una luz. Ahora también tenía forma y tenía altura y sólo tenía brillo cuando lo iluminaba el sol.
Siguió corriendo, saltando de rama en rama; durante un rato. Empezó a sentirse cansado y  paró a recuperar fuerzas en una rama bien fuerte, en la que se acomodó. Se quedó dormido sin querer. Estaba rendido. Al rato se despertó asustado.-¿Qué pasó con mi luz? ¿Cuánto tiempo dormí?-        
Del susto, por haberse dormido en el medio de su aventura, se levantó rápido, se resbaló y se cayó. Cuando se levantó, estaba todo embarrado, lleno de hojas verdes pegadas al cuerpo, el agua le chorreaba por todos lados y, de mono, sólo tenía la cabeza. Le costaba caminar, ya no podía trepar a los árboles. Miró hacia adelante y ya no vio la luz.
Alcanzó a divisar esa forma; rectangular, con bordes gruesos, del color de la banana. Siguió mirando hacia arriba y vio que las puntas de las hojas de palmera formaban una figura por encima de la cosa que brillaba. Siguió avanzando y empezó a ver un animal, tan grande como él, de cuerpo verde, con plumas, la cara marrón, ágil como él. Se movía como él, hacia lo mismo que él, ¿Era él?
Levantó un brazo; y el de enfrente también. Levantó el otro brazo, y el de enfrente también. Movió la cola; estiró la mano; y el de enfrente también. Todo lo que él hacía, el de enfrente  se lo copiaba. ¡¡¡ERA EL!!!  !!Por fin había llegado a ser algo distinto, como siempre había soñado!!
Se puso a saltar de alegría; porque ahora que era diferente ¡¡sí podía hacer otras cosas!! ¡¡Podía volar!! Ya se imaginaba volando sin tener que saltar de rama en rama, con las patas libres; llegando a otras selvas más rápido. Se le ocurrió que podía intentar volar como un lorito y empezó a agitar sus brazos como si fueran alas. Fuerte, cada vez más fuerte. Saltó, juntó las patas, saltó otra vez. Nada. No le salía.  
  Fastidiado se miró otra vez en esa cosa brillante que lo había llevado hasta ahí, le parecía raro lo que veía: un loro con cara de mono. Las hojas empezaban a darle calor. Se sintió cansado. Se tomó unos minutos para reponer fuerzas y pensar si le serviría de algo no ser mono y convertirse en loro. Pero, en realidad, su vida como loro recién había empezado. Tenía que darse tiempo para acostumbrarse.
  De repente se acordó que tenía que seguir practicando.
  Volvió a pararse bien derechito, extendió las alas, empezó a batirlas. Se miraba mientras lo hacía, para no equivocarse. Le salía bien. Practicó un rato largo, hasta que sintió que era el momento de intentar su primer vuelo, desde un árbol.
-¿Y cómo hago para llevarme eso en lo que me veo?-¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Por qué?-
Seguro de triunfar subió a la rama más cercana, desde la que podía verse. Se acomodó y empezó a mover las alas. Se impulsó hacia adelante. Sacó pecho y sin dejar de mover las alas, saltó.
-¡PUM!
Nada dejaba de dolerle desde que se cayó del árbol. No sabía cuánto rato había pasado pero el sol ya no se veía. Logró levantarse y se miró otra vez. ¿Dónde está el loro? ¿Se fue? ¿Cuándo?
Sus brazos eran marrones y le dolían mucho. Extrañó a su mamá y a sus amigos. Sabía que aunque lo estuvieran buscando era difícil que lo encontraran porque estaba oscureciendo. Tenía hambre y se sentía solo. Caminó por un sendero seguro hasta encontrar un banano. Comió y durmió.
A la mañana siguiente, al abrir los ojos, se vio rodeado de cientos de patas marrones –igual a las suyas-y ojos curiosos que lo miraban. Se sentó y miró bien. ¡¡¡ERAN SUS AMIGOS QUE LO HABÍAN ENCONTRADO Y LO VENÍ AN A BUSCAR!!!
Todo un día tardaron en llegar a su selva. Al llegar, la mamá lo abrazó muy fuerte y escuchó con atención todo su relato.
Desde ese día, cada vez que se aburre de jugar con sus patas amigas y las ramas se parecen mucho entre sí, sale a buscar ese brillo que tanto lo reflejó, pero sabe  que si se demora o se distrae, sus amigos lo van a rescatar.