sábado, 13 de julio de 2019

El Regalo de la copa





    Al morir el padre, la copa quedó olvidada en una repisa. Nadie la volvió tener en cuenta para beber ni un solo sorbo.
Cada viernes, al hacer la limpieza general, la generosa copa dejaba que alguna de las tres la cogiera para limpiarle el polvo acumulado. Luego volvía a su rincón oscuro hasta la semana siguiente.
Sus letras plateadas donde ponía el año y el club de fútbol que había salido campeón, resaltaban sobre su cuerpo de cristal bordó profundo. Ese objeto era bello e intocable para ser usado como copa de vino, pero también resultaba vulgar y pequeño para ser considerado como trofeo.
Un día, pasados muchos años, la madre se lo quiso regalar a una de las hijas. Al principio no entendió porque se deshacía de algo tan imperceptible y a la vez indescifrable. Lo envolvió con cierto cuidado y lo llevó a su casa. Lo ubicó por ahí, entre otros adornos de la sala y lo olvidó.

Una noche, mientras todos dormían, se quedó despierta. Intentaba entender una discusión familiar que habían tenido en el almuerzo. Estaba a oscuras y de repente vio que una luz muy roja se encendía en la repisa de la biblioteca de la sala. Enseguida pensó que había alguien con un láser de esos que se usan para señalar algo, pero no había nadie con ella. No quiso prender la luz para no despertar a la familia. Se acercó a la biblioteca a tientas, tocó la repisa con la mano y llegó hasta la luz. Al tocarla sintió que los dedos se le humedecían. Se alejó asustada, prendió la luz y miró su mano. No había nada raro y la copa seguía allí, indiferente, inerte. Se fue a dormir.
Al cabo de unas semanas la situación se repitió: ella sola, en la sala, tarde, pensando a oscuras. Últimamente, el diálogo en la casa se había encajonado en un solo tema. No encontraba la manera de hacerse entender y la economía familiar no ayudaba a enfrentar nuevos desafíos.
La luz roja volvió a encenderse. Ella se acercó, esta vez con más decisión. La tocó y la copa se abrió en dos, vertical y entonces vio todo con más claridad. Había dos imágenes, una a cada lado, una de cada pasado. Dejó de sentir los pies, el cuerpo, los brazos. Sólo era ojos, para ver más adentro.
A medida que acercaba su rostro, la imagen más grande, en expansión; y ella inmersa en el paisaje. De un lado, un campo de fútbol, grande, verde, lejano. El sol de la tarde sobre las tribunas y allá en el arco, su abuelo Carmelo. Sonríe sabio.
En la otra mitad, otro campo, el sur, un arroyo de montaña, picos nevados sobre un azul de frío en Primavera. En la orilla un niño juega y arranca brotes silvestres de berro para la mamá. El niño la mira extrañado, curioso. Ella lo llama, él no contesta. Inútil insistir. Por un instante se abandonó al placer de estar ahí dentro y a su voluntad de no volver.
Al escuchar la pregunta del afuera percibió su cuerpo. Sin saber cuánto tiempo había pasado en el pasado dejó la copa y se fue a dormir. Desde esa noche, como Alicia en su país, sintió que tenía un lugar, un refugio al que debía regresar porque su madre no le había dado un regalo, le había regalado una misión: Comprender el origen de su historia.


domingo, 7 de julio de 2019

Una semana por hoja

                                                                                            
La semana comenzó lloviendo y el lunes no pudo concretar la clase de jardinería que tenía programada con las chicas del club. Encontró consuelo comprando una fresias en el puesto de la esquina.
El martes por la mañana despertó temprano y recordó que debía cancelar la clase de yoga al aire librea porque el jardín se había inundado con tanta lluvia y había mucho barro.

El miércoles se complicó extrañando si fallida clase de yoga y no sintió mas ganas de esperar a la noche para compartir la cena con velas con él....se fue a dormir temprano.

 
La resignación que sentía el jueves le resultaba ya tan familiar que vivió el día con placentera indulgencia, y se perdonó su mala suerte                               

 Nadie le sacaría la alegría que sintió el viernes cuando se quedó sola y comenzó a planificar su suerte para la próxima semana.

 Sábado por la noche, cine y luego pizza. Apagón general. Recomiendan no salir. Sobran los comentarios.

Ya sin fuerzas ni voluntad, llegó al domingo  y, como en un conjuro gastronómico, preparó una paella con sus peores sueños, los cenó y quemó la agenda. 


sábado, 6 de julio de 2019

La Clave de Irma

Irma Cocía. No lo hacía para afuera. Cocía sin saber porqué. Cocía camisas, cocía faldas, cocía pantalones. Nadie le pedía lo que cocía. Ella amontonaba una sobre otra las piezas que terminaba. No podía parar de cocer con frenesí. Su familia no la comprendía; pero ella, cada rato libre que tenía, no hacía otra cosa que cocer.

La hija mayor ya había partido hacia la ciudad. El menor, aún en el instituto, apenas pasaba una pocas horas al día en la casa. El marido trajinaba entre tres jornales y no tenía ánimos de entender para qué cocía tanta ropa que nadie usaba.

Un día, Irma se sintió cansada y paró. Bordó la aguja en la última prenda y se retiró al cuarto. Se recostó y ya no se despertó.

La familia encontró la clave en la prenda y entendió. Revisaron todas y cada una de las prendas. Irma les había dejado un regalo y una misión. Cada prenda se hermanaba con la anterior hasta formar la partitura incógnita. Debieron llamar al músico del pueblo para que les tocara la pieza.

Es que con tanto silencio alrededor, Irma no podía tocar su música y eligió bordarla.  
                                                                                                                                     CE.Lo.SA